viernes, 15 de junio de 2012

Estatuaria


 ESTATUARIA (de Margaret Atwood, en traducción de Amparo Pérez Arróspide)

Extremos de alas, dedos, pezones y penes-
las partes que usábamos para volar-
primero son rotas con martillo
por cualquiera: ése para quien los vuelos
del cuerpo son una afrenta.
¿Quién eres tú, que merodeas
como duende invisible y maligno
por parques y cementerios
y nos quieres esclavas de la tierra?
Después les toca el turno a narices
y dedos de los pies. Quieres impedirnos andar,
con pesadez incluso, con nuestros pies de piedra caliza
en pos de nuestras perdidas trayectorias.
Después les toca a los brazos. Se nos priva del poder
de abrazar. La lluvia que envías nos erosiona
la boca y con ella nuestros nombres luminosos
y verbos rápidos.
Quedamos reducidos a torsos a nivel del suelo,
apenas eso y las cabezas, cada vez más
difuminada la expresión,
hasta ser muñones, vestigios
rematados por un pomo de puerta. Por fin
acéfalas, tocones, como un diente de ballena o una lengua
cortada del rostro y congelada.
Ni siquiera esto te basta. No estarás satisfecho
hasta que nos rematen la helada o los vándalos,
hasta yacer fundiéndonos
en la hierba sin cortar, como tú mismo, en las malezas,
en los árboles tiernos,
hasta ser escombros, como tú, hasta ser guijarros
en la orilla de un gran lago que aún no existe,
hasta volvernos líquido, como tú, como los círculos
que traza lentamente el remo en el agua,
círculos oscuros en forma de galaxia,
pivotes por donde el mundo se invierte
 para nosotros, por un momento, la nada
que define el tiempo por sus bordes móviles,
que nos permite ver por debajo y por dentro,
que nos deja volar y encarnarnos, como tú,
hasta ser como tú.

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