ESTATUARIA (de Margaret Atwood, en traducción de Amparo Pérez Arróspide)
Extremos
de alas, dedos, pezones y penes-
las
partes que usábamos para volar-
primero
son rotas con martillo
por
cualquiera: ése para quien los vuelos
del
cuerpo son una afrenta.
¿Quién
eres tú, que merodeas
como
duende invisible y maligno
por
parques y cementerios
y
nos quieres esclavas de la tierra?
Después
les toca el turno a narices
y
dedos de los pies. Quieres impedirnos andar,
con
pesadez incluso, con nuestros pies de piedra caliza
en
pos de nuestras perdidas trayectorias.
Después
les toca a los brazos. Se nos priva del poder
de
abrazar. La lluvia que envías nos erosiona
la
boca y con ella nuestros nombres luminosos
y
verbos rápidos.
Quedamos
reducidos a torsos a nivel del suelo,
apenas
eso y las cabezas, cada vez más
difuminada
la expresión,
hasta
ser muñones, vestigios
rematados
por un pomo de puerta. Por fin
acéfalas,
tocones, como un diente de ballena o una lengua
cortada
del rostro y congelada.
Ni
siquiera esto te basta. No estarás satisfecho
hasta
que nos rematen la helada o los vándalos,
hasta
yacer fundiéndonos
en
la hierba sin cortar, como tú mismo, en las malezas,
en
los árboles tiernos,
hasta
ser escombros, como tú, hasta ser guijarros
en
la orilla de un gran lago que aún no existe,
hasta
volvernos líquido, como tú, como los círculos
que
traza lentamente el remo en el agua,
círculos
oscuros en forma de galaxia,
pivotes
por donde el mundo se invierte
para nosotros, por un momento, la nada
que
define el tiempo por sus bordes móviles,
que
nos permite ver por debajo y por dentro,
que
nos deja volar y encarnarnos, como tú,
hasta
ser como tú.
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